La Iglesia de San Pedro Apóstol aunque actualmente es la iglesia parroquial del pueblo, su origen se remonta al siglo XVI, cuando no era una parroquia sino un convento de dominicos, fundado por el noble Don Hugo de Urriés, VIII Señor de la baronía de Ayerbe, junto con su esposa, Doña Greyda de Lanuza.
Esta iglesia es fruto de fases constructivas que abarcan desde el siglo XVI hasta el XVIII, lo que se refleja en la variedad de materiales utilizados: sillería, sillarejo, ladrillo y tapial. Lejos de ser un edificio homogéneo, su arquitectura es una suerte de palimpsesto que habla de épocas diversas y de los recursos que se tenían a mano en cada momento.
Adosada a otras construcciones por sus costados, la iglesia tiene planta rectangular con una cabecera poligonal orientada al sur. La nave principal se divide en cuatro tramos y está rematada por un largo presbiterio y un ábside cubierto por bóveda nervada. Tanto la nave como el presbiterio están cubiertos por bóveda de cañón con lunetos, lo que refuerza la sensación de unidad visual y sobriedad. El interior, con pilastras adosadas de orden jónico y un entablamento corrido, transmite una austeridad clásica, sin excesos decorativos pero con proporciones armoniosas.
La historia de esta iglesia daría un último giro durante la Guerra de Independencia, cuando sufrió un incendio, lo que obligó a su reconversión. Ya bajo el reinado de Isabel II, en 1855, fue habilitada como parroquia, función que sigue cumpliendo hasta hoy. Esta nueva etapa no eliminó su pasado, sino que lo complementa: su historia religiosa se amplió y con ella, su vínculo con el pueblo.
Fachada
Uno de los elementos más llamativos es su portada principal, construida en sillería y ubicada a los pies del templo. Esta fachada —que también forma parte de una de las capillas laterales— fue levantada durante el siglo XVII y está profundamente influida por el estilo del tránsito entre el Renacimiento y el Barroco.
La portada consta de dos cuerpos claramente diferenciados. El primero se compone de una gran puerta en arco de medio punto, flanqueada por dos arcos similares más pequeños, sobre los que se encuentran dos grandes escudos heráldicos. Las pilastras que separan estos elementos, de sección escalonada, rematan los extremos de la fachada. Un rico entablamento decorado con relieves geométricos y vegetales separa ambos niveles. En el segundo cuerpo destaca un frontón curvo partido con volutas, que enmarca una hornacina con una imagen de San Pedro custodiada por columnas salomónicas y bandas decorativas verticales de inspiración escurialense. Completan el conjunto dos grandes óculos circulares a los lados del frontón.
A este conjunto se suma el muro lateral de la primera capilla, también de sillería y de dos alturas. En la planta baja hay tres ventanas en arco de medio punto y un escudo de armas de la familia Ena, antiguos propietarios de la casa Castilleros. La presencia de este escudo sugiere que esta familia fue mecenas de esa parte concreta del templo. En la segunda planta, decorada con impostas y dentículos, se abren dos ventanas adinteladas.
El interior: capillas, historia y arte
A ambos lados de la nave principal se abren cinco capillas, pequeñas y rectangulares en su mayoría, cubiertas también por bóvedas de cañón con lunetos. Sin embargo, tres de estas capillas, situadas en el lado de la Epístola, destacan tanto por su mayor tamaño como por su diseño.
Resalta la capilla de Nuestra Señora de Casbas, que combina bóvedas de lunetos y una cúpula nervada en la parte central. Su decoración de yeserías del siglo XVIII, tanto en pilastras como en entablamentos, la convierte en una de las más ornamentadas del templo.
Tesoros que perduran
Además de su arquitectura, la iglesia alberga un valioso patrimonio artístico. Entre las piezas más antiguas destaca la imagen románica del siglo XII de Nuestra Señora de Casbas, que ha sobrevivido a guerras, reformas y siglos de devoción. También se conserva el Cristo de Sayetas, así como varios retablos del siglo XVII.
Una joya adicional es su órgano de trompetería vertical y horizontal, construido a mediados del siglo XIX.
La iglesia también alberga un Museo de Arte Sacro, donde se reúnen interesantes piezas de orfebrería religiosa que permiten apreciar el arte devocional a lo largo de los siglos. Anteriormente este espacio fue panteón de los Urriés.






