Diego Vicente: “El mural nace de estar aquí, de escuchar y de mirar”

El artista aragonés ha desarrollado una residencia artística en Espacio Pirineos de Graus dentro del proyecto POCTEFA Patrim 4.0, culminada con un mural permanente inspirado en el territorio, su diversidad y las personas que lo habitan. En esta entrevista, Diego Vicente reflexiona sobre su llegada a Graus, su proceso creativo y la relación entre arte contemporáneo y patrimonio cultural.

Graus, noviembre 2025. Entre el 4 y el 13 de noviembre, Espacio Pirineos de Graus acogió la segunda residencia artística del proyecto Patrim 4.0. El muralista Diego Vicente trabajó durante esos días en la conceptualización y ejecución de una obra pictórica concebida específicamente para el crucero de la antigua iglesia de la Compañía de Jesús.

La residencia permitió al artista sumergirse en el territorio, dialogar con especialistas locales, trabajar con el alumnado del IES Baltasar Gracián y desarrollar un proceso creativo abierto, profundamente vinculado al paisaje, la cultura y la memoria pirenaica. El resultado es un mural que pasa a formar parte del patrimonio permanente del espacio.

 

¿Cómo fue tu llegada a Graus y tus primeras impresiones del Espacio Pirineos?
Lo primero que llamó mi atención al llegar a Graus fue la Basílica de la Virgen de la Peña, encajada en la ladera, con ese mirador en la parte alta. Fue muy emocionante. Sentí desde el inicio que estaba en un lugar muy especial.

Al entrar al Espacio Pirineos, me sorprendió la armonía entre lo histórico y lo contemporáneo. Ver la pared que iba a pintar fue un momento decisivo: desde las fotos me había atraído, pero estar allí en persona me confirmó que estaba ante una oportunidad única. La escala, la carga simbólica del edificio… sentí que tenía delante un reto y, a la vez, un privilegio.

Pasar a formar parte, aunque sea en un fragmento, del patrimonio permanente de este espacio ha sido un regalo.

¿Qué aspectos del pueblo o del entorno del Pirineo te llamaron más la atención al llegar?
Me impresionó el entorno pirenaico. Yo soy un enamorado de los Pirineos; he recorrido algunas zonas, pero no había tenido la suerte de conocer este valle. El paisaje pirenaico siempre me sobrecoge. Tiene algo poderoso e inspirador. Es un lugar perfecto para desarrollar mi trabajo, porque te invita a abrir los ojos y a estar presente.

¿Qué sensaciones tuviste sobre el espacio donde ibas a trabajar?
Responsabilidad, reto, inspiración, libertad —se me dejó trabajar con total libertad y eso siempre es de agradecer—, emoción y muchas ganas.

¿Algún elemento cultural o paisajístico del Pirineo te ha inspirado para este mural?
Muchos. El paisaje, por supuesto, ha sido una inspiración constante. También algo de la bibliografía de Espacio Pirineos. Pero, sobre todo, las personas con las que conversé y los talleres realizados en el instituto de Graus. Todos ellos y ellas me dieron una mirada muy fresca y honesta del territorio.

Todo lo que viví aquí terminó filtrándose de alguna manera en el mural.

¿Cómo influye en tu proceso el hecho de que sea una residencia artística y no un encargo con un diseño cerrado?
Para mí, eso ha sido precisamente lo más especial del proyecto. He podido sumergirme en mi propio proceso —rasgar papeles, componer, probar, equivocarme— y, al mismo tiempo, mezclarlo con todo lo que iba recibiendo del lugar.

El contacto con el territorio, las conversaciones, los talleres, la documentación y el hecho de trabajar en el propio espacio que iba a intervenir hicieron del mural una pieza única. Nace de estar aquí, de escuchar y de mirar. No creo que hubiera podido crearla en ninguna otra circunstancia.

¿Cómo incorporas las impresiones y experiencias del lugar en tu proceso de diseño?
Lo incorporo de forma muy natural. Dejo que lo que vivo en el lugar se mezcle con mi proceso creativo. No es algo forzado; simplemente trabajo desde lo que el sitio me despierta. Y aquí, en Graus, todo lo vivido y compartido terminó permeando el diseño.

¿Qué papel juegan los encuentros con vecinos, el archivo histórico o los elementos culturales locales en tu creación?
Juegan un papel fundamental. Las conversaciones con Jorge Mur, director de Espacio Pirineos; Josefina, antropóloga; Ángel Gayúbar, periodista de Graus; y Adolfo Ramón, pintor local —aunque de proyección internacional—, me ayudaron a entender mejor el territorio.

También pasé tiempo con el archivo del centro y me llevé varios libros para empaparme de historia, tradiciones y antecedentes artísticos. Todos esos elementos terminaron entrando en la obra: desde la elección del título, que viene del habla local, hasta la paleta de color —en referencia a los diez territorios pirenaicos y a las comarcas de Huesca— o la línea amarilla inspirada en las fallas pirenaicas. Han sido referencias que han dado sentido y raíces al mural.

Cuenta algo que consideres importante de tu proceso creativo.
Para mí es esencial entender el lugar, pero también ser fiel a mi propio proceso y desarrollo artístico: investigar, probar, caminar un poco a ciegas. Avanzar de forma intuitiva forma parte del proceso de creación. Aquí, en Graus, ese modo de trabajo encajó muy bien con lo que el territorio me iba dando.

¿Qué técnicas estás utilizando para el mural y por qué las elegiste?
He pintado con acrílicos, que son perfectos para este tipo de soportes. Me gusta que sea el color el que hable y, para eso, tengo que trabajar bastante cada capa de pintura y buscar el mejor acabado. Mis herramientas son muy sencillas: algunos rodillos y brochas, una buena forma de abarcar soportes de estas dimensiones.

¿Qué importancia tiene la elección de la paleta de colores y cómo reflejan el paisaje y la cultura pirenaica?
En mi trabajo, el color siempre es fundamental; es casi mi lenguaje principal. En este mural, más todavía, porque la paleta forma parte del propio concepto: diez colores en referencia a las diez comarcas de Huesca y a los diez territorios pirenaicos, como una forma de aludir a la diversidad del territorio.

Es una paleta saturada, con un juego de fríos y cálidos, y mi búsqueda constante es encontrar la armonía entre todos ellos. De algún modo, ese equilibrio cromático también refleja la mezcla de paisajes, ritmos, estaciones y sensibilidades del Pirineo.

¿Cómo abordas la escala de un mural tan grande y la interacción con la arquitectura y otros elementos del espacio?
La escala del mural es grande, pero los muralistas estamos acostumbrados a este tipo de formatos. El verdadero reto es conseguir integrarlo con la arquitectura y con el resto de elementos del espacio.

En este caso, la composición se organizó en franjas horizontales que dialogan con el zócalo, la luz del espacio y el acero que recorre toda la iglesia. Los rojos responden al óxido del acero, mientras que los azules armonizan con las zonas más frías del suelo y las sombras, generando equilibrio entre el mural y el entorno.

¿Qué esperas que las personas sientan o perciban al contemplar el mural?
Espero que las personas se sientan atraídas por el mural, que quieran detenerse y pasar tiempo frente a él. Mi intención es que despierte sensaciones, que genere reflexión y una experiencia estética positiva, transmitiendo energía a través del color. No busco transgredir ni incomodar, sino crear un espacio donde la mirada y la emoción puedan conectar con el espectador.

¿Cómo valoras la relación entre murales modernos y patrimonio cultural, especialmente en entornos rurales o históricos?
Creo que la inversión en cultura debería ser cada vez mayor. El mural contemporáneo tiene mucho que decir y aún puede generar miradas nuevas y atrevidas. Es importante que las instituciones permitan crear con total libertad, para que puedan surgir obras de vanguardia que aporten tanto al entorno en el que se encuentran como al mundo del arte.

Apostar por integrar estos murales en el patrimonio cultural, al mismo nivel que otras obras o monumentos, me parece una dirección correcta y necesaria.

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