A unos pocos kilómetros de Ayerbe se esconde una pequeño vestigio del románico: la ermita de Santa Lucía. Rodeada de campos de cereal y almendros, parece casi un secreto bien guardado entre los caminos de tierra que atraviesan el paisaje aragonés. Llegar hasta ella no es tarea fácil. Desde el pueblo, hay que tomar una pista y avanzar más de un kilómetro hasta divisar, finalmente, la silueta sencilla pero elegante del templo.
Aunque su tamaño es modesto, la ermita sorprende por sus formas armónicas y su aire antiguo, que nos transporta directamente a la Edad Media. Fue construida hacia el siglo XII, en una época en la que el estilo románico dominaba en esta región, pero con algunas particularidades que la hacen muy especial.
La iglesia está compuesta por una única nave larga y estrecha. Su techo está cubierto por una bóveda de medio cañón —una especie de túnel de piedra— que descansa sobre unos pequeños resaltes a ambos lados de los muros, lo que da estabilidad y elegancia al conjunto.
La parte más llamativa de la ermita es su cabecera, orientada al este, siguiendo la tradición cristiana. Allí encontramos un ábside semicircular cubierto con una bóveda de horno —es decir, una especie de cúpula redondeada— que da al altar un aire acogedor y solemne. Desde este espacio central, se abren dos pequeños espacios laterales: al norte, un absidiolo, algo más antiguo y construido de forma más rústica; al sur, la base de lo que hoy es la torre.
La historia de esta torre es curiosa. Parece ser que originalmente pudo haber otro absidiolo similar al del norte, pero en algún momento de la construcción se decidió levantar en ese lugar una torre cuadrada. Esta torre tiene dos plantas y presenta pequeñas ventanas estrechas llamadas aspilleras, que algunos creen pudieron tener incluso una función defensiva, además de permitir la entrada de luz. En el interior todavía se pueden ver restos del arranque de la bóveda del antiguo absidiolo, como testigos silenciosos de los cambios que vivió el edificio.
El acceso principal a la ermita se sitúa en el lado occidental, a través de una sencilla puerta de arco de medio punto, hecha con dovelas bien talladas. Encima de la puerta, una pequeña ventana permite que la luz penetre tímidamente al interior. Pero antiguamente existía otra puerta en el lado sur, hoy cegada. Esta puerta, también de medio punto, está decorada con unas pequeñas cruces grabadas, un detalle que añade un toque de misterio y devoción a la construcción. Se cree que quizás en este lado existiera un pequeño pórtico o tejadillo para proteger a los fieles de la lluvia y el sol, dado que hay señales en la pared que podrían haber servido para sujetar alguna estructura.
En cuanto a los materiales, la ermita está construida principalmente con piedra bien trabajada, aunque en algunas zonas, especialmente en las reparaciones, se utilizaron también cantos rodados, fragmentos de cerámica y mortero. Esta mezcla de técnicas y materiales muestra la historia viva del edificio, adaptándose a las necesidades y recursos de cada época.
Hoy en día, Santa Lucía permanece aislada en medio del campo, como un testimonio silencioso de aquellos tiempos antiguos. Aunque pequeña, su presencia es poderosa, y su sencillez esconde siglos de historia y fe. Visitarla es como hacer un pequeño viaje al corazón del románico aragonés, donde la arquitectura habla con un lenguaje sencillo pero cargado de significado.







